“Redefóbicos”

“Redefóbicos”

La aparente plenitud en la libertad de expresión que ofrecen las redes sociales es un tema que causa escozor entre algunos políticos que se ven a sí mismos como estrellas para ser admiradas y apuestan a la censura para no escuchar lo que la gente opina de ellos y sus gestiones.

Es curioso que muchos políticos, comunicadores y académicos abominen de las redes sociales. Les parece un pandemónium, un manicomio, un medio sin ningún tipo de control que permite que se desaten todos los demonios. Sin embargo, participan en las redes quejándose de las redes.

Esos mismos críticos usan con frecuencia las redes sociales para informarse. Para expresar opiniones. Si fueran coherentes con sus críticas deberían abandonar sus cuentas, regresar a las modalidades tradicionales de comunicación. Porque es imposible imponer un sistema de admisión, permiso o censura. Más de la que ya se disponen.

Otra opción para los «redefóbicos» y que permiten -por cierto- las redes sociales, es reservarse el derecho de admisión. Seleccionar sólo aquellas cuentas que encajen con su grato perfil de contenidos. Y escuchar sólo lo que desean escuchar.

El problema con esta última opción es que la realidad no se comporta según lo deseado. La información, las noticias, siempre hacen trizas las expectativas, sobre todo las positivas. Por más que seleccionemos cuentas agradables, alguna retwitará a alguien o a algo desagradable. No hay modo de evitarlo. Aislarte del mundo o involucrarte en él. O medio-aislarte del mundo o medio-involucrarte en él. Bienvenido al siglo XXI.

Pongamos el caso del conocido dirigente comunitario Jesús Torrealba, excoordinador de la Mesa de la Unidad Democrática, MUD. Recientemente, un twitero le retó a realizar una encuesta, donde pregunte a sus seguidores si se están o no de acuerdo con las negociaciones «régimen chavista-oposición». Torrealba respondió que las redes sociales, el Twiter en este caso, no es representativo de la comunidad venezolana, por lo que las encuestas en redes sociales no tienen validez alguna. Las encuestas válidas, remata el dirigente político, son las formales, las que llevan a cabo las empresas conocidas.

Y las últimas de esas encuestas sostienen que más del 60% de los venezolanos están de acuerdo con una solución pacífica a la tragedia venezolana. Suficiente.

Es preciso responder para refutar la lógica simple del señor Torrealba. Comienzo por afirmar mi respeto por las encuestas como herramienta de información. He enseñado sobre ellas en mis años de docencia en comunicación. Pero éstas requieren condiciones y rigurosidad en su aplicación para garantizar su validez. En el caso venezolano es algo sumamente difícil que tales condiciones puedan aplicarse. Las personas están muy forzadas a no decir lo que piensan. A desconfiar de quien pregunte. Una opinión puede costar caro.

Otra cosa son las encuestadoras. Me merecen muy poca confianza. He sido partidario de someter a las empresas encuestadoras a una severa reglamentación para corregir el efecto perverso de manipulación, que éstas puedan realizar potencialmente. Al cabo, son empresas que satisfacen a sus clientes. Y sus resultados, ciertos o manipulados pueden alterar las percepciones.

Pero las encuestas son una fotografía de la realidad. No son la realidad. Es como fotografiar una nube. Jamás se podrá tomar dos fotos iguales de la misma. Mucho depende también del cuestionario y del contexto en el que se hacen las entrevistas. Por ejemplo, Torrealba afirma que la opción pacífica, que para él equivale a negociar y a buscar una salida electoral, es lo que quiere la gran mayoría de los venezolanos. En otro contexto esto sería un lugar común. Pero nada que ver con el particular caso venezolano. Si la encuestadora pregunta: «¿Está usted de acuerdo con una salida pacífica de la crisis política venezolana?» Por supuesto que una mayoría sensata responderá, «¡Claro que sí!». Pocos desean una guerra. Y ahí está. Eso es lo que quiere la gente, dice Torrealba.

Pero si en cambio se pregunta: «¿Cree usted que la crisis política venezolana tendrá una salida pacífica?». O esta otra: «¿Cree usted que el régimen chavista abandonará pacíficamente el poder?» Muy probablemente, las encuestas resultarían distintas. Pero Torrealba prefiere cerrar los ojos y tomar con pinza lo que le parece más ajustado a su perspectiva.

Es el problema del grupo que llamo «redefóbicos». Sobre todo, el grupo de los políticos que se inclinan, consciente o inconscientemente, por la manipulación y aquello que encaje y favorezca su parecer. Jamás se equivocan. Es poco frecuente ver a un político reconociendo erratas.

Para refutar lo que dice Torrealba, no puedo afirmar que las redes sociales sean tan representativas como las encuestas formales. Sería un disparate imaginarlo siquiera. Pero si se puede asegurar que las redes sociales equivalen a la piel de la sociedad.

Algo similar a la relación entre la bolsa de valores y la economía. La bolsa es la piel de la economía. Si está en alza o a la baja no quiere decir que la economía este sana o en crisis, respectivamente. Pero sí que algo está ocurriendo. La ciencia económica considera a la bolsa de valores como un indicador indispensable, un sistema de alerta que debe tomarse en cuenta.

Las redes sociales también deberían ser consideradas una piel de la opinión pública. Cuando ellas se “calientan” podríamos asimilar que la opinión pública tiene fiebre. Algo ocurre. Es también un sistema de alerta. La mayoría de los políticos ya lo saben. Incluyendo los que denigran de ella, como el caso de Torrealba y muchos más. Sólo que despilfarran tiempo y esfuerzo en denigrar.

Por supuesto que las redes sociales son vulnerables. Pueden ser manipuladas e intoxicadas. Pero este margen de manipulación está condenado a reducirse. Me explico. En la historia, todo medio de comunicación naciente posee lo que podríamos llamar un «período infantil». En sus inicios la opinión pública puede aturdirse y confundirse con la irrupción del nuevo medio. Siempre pongo de ejemplo el caso del productor norteamericano Orson Welles, cuando en 1938 causó una ola de pánico por su adaptación a la radio de «La guerra de dos mundos», pues muchos radioescuchas creyeron que realmente se estaba informando de una invasión extraterrestre. El fenómeno no volvió a ocurrir.

La opinión pública, que es también relativamente joven en la historia, aprende, madura, se hace adulta. Lo mismo va a ocurrir con las redes sociales, el nuevo medio de comunicación creado por las tecnologías de la computación y la Internet.

La clase política se apresuró en captar la extraordinaria versatilidad y flexibilidad de las redes sociales. No existe político ni partido que no posea cuentas en los diferentes medios de redes. Pero también han recibido críticas, rechazo e insultos. Por primera vez, gente común puede expresarse directamente con cada político o partido, por lo general para expresar malestar. Esto es nuevo. La política está más expuesta. La cómoda opacidad anterior se ha reducido.

Los políticos han tenido que asumir esta realidad. Un grupo de ellos, los «redefóbicos» ha reaccionado hablando mal de la redes. Los considero políticos mediocres. Hablan con lugares comunes, generalidades, épica ripiosa y evasiones. Se les reconoce fácilmente. Sobre todo, porque gustan de las etiquetas: «los guerreros del teclado», «los radicales», «los criticones», etc. A diferencia, los políticos inteligentes proponen conceptos. Los mediocres, etiquetas. Porque éstas sirven de cortinas para el ocultamiento, la opacidad, para la doble vida y la doble moral.

La buena noticia es que, con la llegada de las redes sociales, los políticos mediocres comienzan su lento pero inevitable período de extinción.

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Autor

Bernardino Herrera León

Profesor universitario, historiador y comunicólogo. Investigador del Instituto de Investigaciones de la Comunicación de la UCV.

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